Rato que ya volví, como siempre, fue una de las experiencias más reconfortantes y lindas que podría vivir, esas cosas, son las que me hacen creer que no, no elegí mal, que aunque putee y alegue, que no me gusta, esto me llena y si, aunque a veces no lo admita [por cabeza dura que soy], esto, trabajar con niños [los adultos son tema aparte], me hace feliz. El problema, está en lo difícil que es poder desprenderse más, en no dejar que te afecte demasiado, pero eso tampoco es bueno, o sea, uno no puede ser una roca y no dejar que las cosas, no te afecten, sobre todo si la otra persona es un niño, y no cualquier niño, si no un niño, que te necesita, que te busca, no solo para que le saques un diente o una caries o le enseñes como limpiarse el teclado, si no, que te necesita como ser humano, tal vez un poco de afecto, un abrazo o solo que le presentes un mundo mágico, para que viva los 30 minutos que está sentado junto a ti. Siempre me pasa, que quedo marcada por uno o dos niños, que logran tocarte más de la cuenta, y es extraña la sensación, de saber que tal vez nunca más los veras y que no puedes hacer nada, que tú tienes que volver a tu mundo, como ellos vuelven al suyo… y las cosas siguen su curso...

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